martes, 18 de mayo de 2010

Seis de la mañana es el momento exacto donde el día comienza por fluir sus emociones, pero a regañadientes muerdo un suspiro tratando de pensar que hoy si se me dará esto de atacar tu alma con una mirada dirigida y afectada por una híbrida línea. Nos dedicamos tanto al remanso del trabajo, que olvidamos vivir. Tenemos como una serie de inquietudes deliciosas y cortésmente organizadas para tiznar cada maniobra. Te levantás y pensás en la orfebrería que resulta del ataque constante del látigo laboral. Te tomás el cafecito hirviente, pensando detenidamente en las páginas que leerás, y en el poco tiempo que te quedará para resucitarte luego a la vuelta, cuando después de la jornada recuerdes que no te ha mirado, y que otro día más intentarás atacar el vértice de sus ojos para que la vida valga la pena.

¿Qué es la vida sin el regodeo del alma, al pasar por el poniente del día y resucitarte con una copa de vino en el enjambre que ha quedado de una deslucida pero nutrida pérdida de tiempo? Hay como un olor a venganza del destino. Atacás y serás atacado algún día. Ese algún día llegará, lo verás respingar tu sueño cuando vayas a poner la cabeza en la almohada y pienses en lo que has dado y recibido, tarde o temprano, aunque sea tarde se habrá amoldado, a que las cuentas van despacio por la ventana pero te raspan el burlete para hacer entrar una porción de tierra, ya verás que el polvo hace recordar, verás aunque no sientas el viento, el recuerdo se divide pero finalmente se hace gangrena en tu conciencia.

Cuado llegué de Trelew creí encontrar la parcela de tierra que detestara la ignorancia y me hiciera encontrar el amor. Miré hacia la ría, pero hay tantos secretos allí guardados, que a veces te hablan de este o aquel como si lo conocieran todo, como si el vecino fuera una carta abierta de sentimientos y de acciones, como si los vidrios por donde pispeás fueran las miradas y las devociones, pero el ser es un magullador constante de arrebatos y deliciosos chismes, que al final no llegan a ser cuento y pasan por el cuartel del invento. La televisión es un sitial inmenso, pero apresuradamente agotador que con su inocencia por sobre el aparato cuadrado te invita a hacerte dueño del mundo. El mundo no es de nadie, salvo de aquellos que dócilmente manejan la vela en la tormenta. Es tormentoso creer, pero más terrible y copioso hacer creer, como hacen creer los rumiantes del pueblo, silenciosos sus pasos pero tendenciosos sus arrebatos de palabras y estratagemas de comino y arroz.

Tengo ganas de hacer unas empanadas de carne, como aquellas de choclo que inventé en Toronto a mitad de año 2002, cuando entre vibraciones extrañas telefónicas consulté para hacer una masa casera pero dura y espesa, como espeso es el paraíso que se perpetua en la mente al recordar. Me alejo de Toronto y llego aquí, un mayo crecido en alegría por verte, por cruzar aunque sea sólo el suspiro matinal o del mediodía, corriendo personas de pasillos y bancos de lugar. Una delicia de poco sabor pero de eterno resplandor, ¿cómo es que el gusto llega a penetrar tu alma y la entrega derechita para ser saboreada y ojeada como libro en la demencia? God bless your soul, pero, ¿cómo es tu alma? ¿Quién sos, que de una barranca tiraría esta pena para adornarla en la oscuridad secreta?

lunes, 10 de mayo de 2010

Esto de los amores imposibles


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Los que pueden estar, y se animan, y corajean con la cobardía, están con la persona que pueden. Pero la persona que se ama y desgarra, esa es imposible. Esa duele hasta el nombre y la saliva, duele mover suavemente la lengua para pronunciar una silaba, como esperar una y otra vez que pase y cese la ligereza de un dolor profundo que se asume con constancia e inclemencia en el anónimo terreno.
En el anonimato, sudorosa, temblorosa, está la pena, arreglando un encuentro fortuito de descarte o de valiente. Si embargo, con un hola simpático vivo. Es una ilusión lo que mantiene vivos los cuerpos y los éteres. Sin la ilusión los cimientos del mundo palpitan pero no vibran. Vibrar al verte y al escucharte, detenerme un paso y hacer que te ignoro. Volver a quitarme las herraduras y suavemente flotar para buscar tu voz en este silencio.
Bueno, ya es tarde para arrepentirme. Estos días han transcurrido eternos de no doler y han pasado lentos por no entender. Quedamos quietos y no paseamos por el mundo, nos amedrentamos porque vivimos la rutina intensa y paciente que se va comiendo poco a poco cada una de nuestras ilusiones, y aquellos del pensar en los sueños, y lo otro de inquietar el alma sacando espadas y defendiendo tu pensamiento.
Hoy no, hoy es trabajar y trabajar sin un fortuito respiro que cubra la miel con el tiempo, porque ya no tenés tiempo para refregarte en la cara un beso, ni tenés tiempo para jugar con tu sobrino, ni tenés tiempo para respirar, sólo para olvidar y no pelear por tus derechos. Tenés como esa falta de tiempo, puros minutos vacíos y semanas de vicios de silencio. Tenés el alma acalorada pero amortizada por la pastilla del olvido. Tenés la plaga de vivir sin ilusionarte ni pensar en los que importan ni dejás de ceder para que los estúpidos sigan ganando y que sigan carcomiendo tu voluntad y tus fuerzas. Hoy es dejar pasar porque importa más un cuento que una historia de amor, que va pasando al costado planchadita y limpia, pero que no podés atrapar por tu ignorancia y el fracaso de tu valentía, y porque atreverse es venderse al salvaje lobo sangriento del latente pasar.
Hay un narcótico que me tiene recostada. Un ibuprofeno eterno que da rienda suelta a mi podredumbre de palabras. Gozo de libertad pero no puedo ni se ejercerla. ¿Qué es la libertad? ¿Un derecho ganado o un deber erradicado? ¿Una culpa peligrosa o una potencia escrupulosa? ¿Un bien inútil o un peligro de guerra? ¿Un tabú de la acción inconclusa o el dilema de la demencia?
Querer verte y no poder, hacer cosas y no encontrar. Te encontraré donde siga buscando las formas, ya lo verás…