El olvido ocasiona la intemperie de los sueños. La ventana hacia el futuro posterga las palabras. No tener lugar ni tiempo hiere. La carroña del destino, la decisión, ¿no recordar lo pasado quema el presente o el olvido hace bien? La mano está fría, huye hacia la madriguera a descansar, pero aquellos que lo saben, que lo envuelven y lo convierten todo de tal forma para transgredir con prejuicios e instaurarlos en el aire como al inquieto polen, huyen de sí mismos sin preguntarse. La huida de sí es la cárcel del prejuicioso. Me cansé de la vetusta tempestad del que preenjuicia de una forma inerte y uniforme, descabellados anhelos de ser lo que no son, prejuicioso huele a envidia, huele a huelga en el mar.
Lapsus
¿Fue un lapsus? Fue como degustar un merengue con dulce de leche, maravilloso, pero terrenal. De tanta dulzura parece que sacrificás tu alma, pero volvés, porque este órgano feliz sin cuerpo es un engendro resilente. Todo lo que fue y será no pasará de eso. Mañana todo cambiará, y en algún momento me iré, porque cuidarse a uno mismo es más necesario que amar o degustar el placer. Los sinsabores y la miel tuvieron su espacio en el lapsus, y no colapsan ni se inclinan, sólo resisten y se amoldan al cambio. Fue como atornillarme en un espacio aromático y visceral, pero el oído interior se serena y la rutina se acomoda al lapsus. Fue ecléctico mientras duró.
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